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Que nos vamos

Actualizado el 11 noviembre 2015 por Justa

VIVIR PARA VER

yo

Nos dijeron que

no éramos de aquí

que éramos viajeros,
gente de paso,
huéspedes de la tierra,
camino de las nubes.

 Rafael Alberti

Que nos vamos

 

       Pocas cosas más ciertas que ese saber que nos vamos, que abandonaremos este mundo. Un día todo esto que ahora nos ocupa habrá pasado y atrás quedará lo querido. No habrá más amaneceres con los que extasiarnos, ni más tardes que ver caer. Y, aunque muchas veces, por soñar, soñamos con otro mundo, sin penas ni cansancios, acabamos pensando que como en nuestra casa en ningún sitio, mientras esto de vivir no pese.

      No alcanzamos a imaginar cómo será, de haberlo, el otro mundo. Lo cierto es que, en general, nos resistimos a abandonar éste. Porque no conocemos más vida que ésta y por ella nos bandeamos, a nuestro modo, buscando árnica en los momentos felices y en sus rincones gozosos. Hasta el punto de que nos cuesta creer que pueda haber paraíso sin lo que más queremos de este mundo. ¿Paraíso sin ese jamón que ahora dicen que no es bueno comer en exceso? O sin la cabezadita después de comer, sin el sol contundente del mediodía, sin el sillón de nuestra casa, sin ese brasero…  ¿Qué edén puede haber sin la compañía que nos gusta y sin las cosas que tanto amamos de este mundo? ¿Qué clase de paraíso será el que no se parezca a Rute o a tantísimos lugares hermosos que hay en este planeta que nos cobija?

     Nuestra mente, limitada, no acierta a sospechar qué nos aguarda. Para algunos, la nada silenciosa. Para otros, un lugar soñado, en el que la vida no duela, no haya llanto, ni dolor, ni enfermedad, ni pobreza. Un espacio feliz donde queden, por fin, corregidos los errores de diseño que amargan la vida y la atormentan. La muerte es la puerta que da entrada al misterio y que tenemos que atravesar, se quiera o no se quiera. Algunos, desesperados, se apresuran a atravesarla. Otros, la mayoría, se resisten hasta que les llegue la hora de irse de este mundo. Sabemos que un mal día se irán personas queridas y que, al cabo, nos iremos también. Y todo seguirá su curso, como si tal cosa. Venimos y nos vamos, no sabemos adónde. Todos nuestros afanes terminarán un día esparcidos en la ladera de algún monte, en el mar o tras la fría losa, entre dos fechas. Quizás alguien vaya a visitarnos el primero de noviembre. O no. Porque las costumbres van cambiando. Los que nos sobrevivan se aferrarán a la vida, como nosotros, hasta que les toque marcharse.

      El caso es que nos vamos… Pero, aunque sabemos que nos iremos, de momento, mientras respiremos y el corazón nos lata, estamos a tiempo. A tiempo de sentir y de hacer algo por el que tenemos al lado y necesita atención y cuidado. Los detalles en vida valen más que todas las flores posibles en el cementerio. Mientras vivimos, es cuando hay que emplearse a fondo con los que queremos. Después, ya será tarde. Ahora es el tiempo de las palabras, los mimos y las caricias. Éste el día perfecto para llamar por teléfono, mandar un mensaje, hacer una visita. Antes de que la muerte cancele posibles citas para siempre o las posponga hasta la eternidad. Hoy es la ocasión de oro para decir lo callado, lo titubeado. Hoy. No el día de las alabanzas, en el que lamentaremos, a destiempo ya, que se hayan ido los que tuvimos tan cerca. Éste es el momento de demostrar sin reparos los sentimientos. Eso vale más que velas encendidas después, más que sentidos obituarios. ¿Para qué queremos duelos y lutos cuando ya no estemos? Quien nos quiera, que no lo deje para luego. Que, aunque el olvido es muy ingrato, en nuestra memoria agradecida habitará para siempre la gente que nos quiso. Acaso también nosotros estaremos algún día en el recuerdo borroso de los que quisimos con toda el alma, desatentada-, ilusionadamente, mientras la vida nos alentaba, sabiendo que el tiempo se nos acababa y quedaba corto para amores que, de tan grandes, no nos cabían en el pecho y querían ser eternos.

        Ahora es el momento de demostrar y que nos demuestren el cariño, de no aplazar los besos y los encuentros. Luego sobrarán llantos y lamentos. Ahora es cuando toca vivir sin desaprovechar ocasiones de oro de ser y hacer felices, sin dejar nada pendiente. Urge vivir como si el mañana no viniera. Que la vida va en serio. Que esto de vivir se acaba. Y lo seguro es lo vivido. Que ni el de hoy ni ninguno sea un día cualquiera. Toca vivir. Vivamos, a pesar de saber que nos vamos. O, precisamente, por eso: porque sabemos cierto que estamos de paso.

                                                                                               Justa Gómez Navajas 

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Mujeres

Actualizado el 08 marzo 2015 por Justa

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      VIVIR PARA VER                                                                                                                            

      Mujeres

                                                                                                                                                                                    Justa Gómez Navajas

                              A todas las mujeres que dedican su vida a una causa que no dan por perdida.                                                                                                                                                              
  Hay mujeres veneno, mujeres imán, 
  hay mujeres consuelo, mujeres fatal. 
  Hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan, (…)
  Hay mujeres que explotan secretas estancias del alma, (…)
  hay mujeres capaces de hacerme perder la razón. 
                                                                            Joaquín Sabina

 

      En marzo se habla mucho de la mujer, con motivo de la celebración del día de la mujer trabajadora. No deja de ser una redundancia, un pleonasmo, hablar de mujer trabajadora. Exceptuando alguna que vive del cuento, toda mujer lo es. No está de más dedicar un día expresamente a la mujer y hacerlo en todo el mundo. Sin embargo, hay algo que empaña esta celebración. La prensa informa de que aumenta la brecha salarial entre hombres y mujeres, que siguen padeciendo más la precariedad laboral. Las mujeres, en general, cobran menos que los hombres – a menudo por tener que trabajar a tiempo parcial para ocuparse de los hijos o de las personas mayores a las que cuidan. Cotizan menos y a muchas les quedará el día de mañana una pensión escasa.   

       Las mujeres son todavía hoy, en muchos sitios, víctimas de la ablación o mutilación genital, de abusos, de vejaciones, de trata, de explotación laboral. Y la supuesta liberación de la mujer pasa a menudo por una duplicidad de jornada laboral, dentro y fuera de la casa. En algunos países, las mujeres son obligadas a casarse, no pueden estudiar, ni conducir, ni vestir libremente y deben ir completamente tapadas para no dejar ver, ni entrever siquiera, su cuerpo. Y muchas, por desgracia, a nuestro pesar, sufren la violencia cobarde de los que no saben quererlas y mueren asesinadas por quien un día les prometió amor eterno.

       Se celebra el día de la mujer con actos reivindicativos de sus derechos, que aún siguen resultando necesarios. Pero lo que desea cualquier mujer es ser respetada, no ver ultrajada su dignidad, no ser valorada meramente por su físico, sino por su valía profesional; no verse obligada a ser madre de hijos con malformaciones, si cree que eso sólo añadirá sufrimiento a la vida de su futuro hijo y a la suya propia. Ser madre es algo demasiado grandioso como para serlo a la fuerza. Mejor que dedicar un día a las mujeres es dispensarles permanentemente la atención y el cariño que merecen. Es ayudarles en la casa. Es dejarles que sean lo que quieren ser y lleguen tan lejos como quieran llegar. No es sólo permitirles que alcancen puestos de responsabilidad por cuota, para rellenar el cupo femenino, sino por sus propios méritos, aunque, de no ser así, en muchas ocasiones, aún sería difícil que las mujeres ocuparan determinados cargos de relevancia en la sociedad. No deja de resultar desalentador que en el siglo XXI haya que seguir abogando por el reconocimiento de los derechos de la mujer. Mucho se ha avanzado, pero mucho queda aún por conseguir. Es preciso acabar con todo tipo de discriminación, con todo lo que invisibilice a la mujer y la relegue o infravalore. Hay que seguir luchando para que en todo el mundo se trate a las mujeres dignamente. Cansa a estas alturas reivindicar lo obvio: que la mujer es igual al hombre en derechos y no un ser inferior, ni la costilla desgajada de Adán.    

       Quizás todo sería más fácil si los hombres pensaran en quien los llevó nueve meses en su seno, los trajo al mundo y los crió. O recordaran la frase de Antonio Machado: “Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer”. Pero no se puede querer a quien no se respeta. Hay que empezar tratando como igual a quien lo es. Quererla será el siguiente e inevitable paso que darán quienes descubran que detrás de cualquier mujer hay un ser humano al que la naturaleza ha hecho fuerte, como quien tiene que demostrar a diario lo que vale, como para aguantar dolores de parto o sacar adelante a su familia. Y al cariño se unirá, necesariamente, la rendida admiración y el agradecimiento hacia tantas mujeres que hacen del mundo un lugar más acogedor y luminoso, mientras hacen perder la cabeza a más de uno, a la vez.

       El 8 de marzo es el día de toda mujer que lucha por comer de su trabajo y sale a la calle a diario a buscar el pan, a echar horas sin mirar el reloj. Y también de las que trabajan en la casa, sin descanso y sin sueldo y, a menudo, sin reconocimiento. Y es el día de todos los que las apoyan en su batalla permanente, nunca terminada de librar, por la igualdad, sin mermas ni cortapisas, y por su libertad. Como en los versos de Agustín García Calvo, “libre te quiero,/como arroyo que brinca/de peña en peña”. Que así sea, definitivamente, algún día, en todos los lugares de la tierra.

 

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