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Este abril para vivir

Actualizado el 01 abril 2017 por Justa

2017.04.01. Este abril

 VIVIR PARA VER  

“Abril para vivir, abril para cantar
Abril, flor de la vida al corazón
Abril para sentir, abril para soñar
Abril, la primavera amaneció”.
  Carlos Cano

 

Este abril para vivir

Es abril. Y se nota en las calles y en el aire, en las tardes que parecen no acabarse, en la gente que pasea sin abrigo ni chaqueta, más alegre y ligera. Nos sacudimos del letargo del invierno y abrazamos la vida sin temores, como si espinas no tuviera. Tomamos los primeros helados de la temporada, nos sentamos en las terrazas, como si eso fuera lo más urgente que tuviéramos que hacer en primavera. Sencillamente eso: vivir la vida y disfrutarla, ser de ella parte, gozarla. Porque pasa sin darnos cuenta y no regresa, aunque se quiera.

En la tele, en la radio y en las calles se habla estos días de si en España hay libertad de expresión o no, de si el humor negro es humor o humillación, si es que todo se puede decir aunque ofenda. Y se habla del “Brexit”, del Reino Unido que se va de Europa y de una Unión Europea que se resquiebra. Pero la vida que más nos importa es esto que sentimos, este renacer milagroso de cada año por estas fechas.

Salen procesiones. Las de siempre, las que llevamos viendo desde niños. Su puntual regreso cada año, a la misma hora, de la misma iglesia, nos hace creer que es posible bañarse varias veces en el mismo río, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” y han pasado ya muchas primaveras hasta llegar a ésta. Se mecen, al son de las marchas, los pasos de Semana Santa y, con ellos, mil y una vivencias acunadas en el alma. La vida, desde la última primavera, ha seguido su imparable curso de Gólgotas y Tabores, calvarios, lunas llenas, cálices ineludibles, resurrecciones y glorias. Pero ahora, recién amanecida la primavera, como Lázaros resucitados, abandonamos sepulcros de amarguras y salimos al encuentro de la vida, cautivadora y hermosa como ella sola cuando se pone a mostrar su mejor cara y le da por ser buena y amable y tierna. Poco sabemos de lo que vendrá después: sólo que el verano se adivina al final de esta estación y que todo se ve con otros ojos cuando los días alargan y retrasan la noche. Poco más… Sólo que queremos vivir este abril desde el primero al último de sus días, con pasión desatada por su luz y sus encantos, como si no hubiera un mañana y ser más feliz no se pudiera. Porque abril se ha hecho para soñar y sentir y exprimir sus horas todo lo que den de sí. Y a ello nos aprestamos cuando la vida nos regala una primavera nueva, intacta, aún por desentrañar, como un misterio que nos toca desvelar despacio, poco a poco, paso a paso, con la ingenuidad y la inocencia de quien estrena. No es que en este mes dimitan las penas, ni cesen las guerras, ni el sufrimiento de tregua a quien lo tenga, pero las cosas se ven de otra manera cuando la naturaleza despierta y parece mentira que los árboles, hasta ayer sin hojas, luzcan verdes y con sus ramas de hojas llenas.

Abril se nos dio para comprobar que es posible, como fénix que de sus cenizas renaciera, salir de la tristeza y reponerse de dolencias y soledades impuestas, de madrugadas desveladas y de algunas ausencias… Es como si la vida pusiera el contador a cero en primavera y nos diera la oportunidad de dar rienda suelta a las ilusiones y forma cierta a las quimeras. Como si nos extendiera un cheque en blanco a nuestro nombre para que lo rellenásemos con sueños hibernados que andan revoloteándonos por dentro, pidiendo paso para cumplirse un día de éstos. Abril nos hace siempre desempolvar planes y alentar esperanzas encubiertas.

Es abril y la vida parece dispuesta a ofrecer lo mejor de ella y espera de nosotros una respuesta que corresponda a su irresistible oferta. Es primavera. Y hoy no hay mejor noticia que esa. Es inútil negarlo: como el de Antonio Machado, nuestro corazón “espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”.

                                                                                                         Justa Gómez Navajas

 

 

 

 

 

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En memoria de D. Eduardo Rodríguez Cano

Actualizado el 06 febrero 2017 por Justa

 

Eduardo Rodríguez Cano: caballero de otro tiempo y hombre bueno

                                                                                             “… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
                                                                                                cantando.”
                                                                                                                     (Juan Ramón Jiménez)

 

  En su aspecto y en sus formas, Eduardo parecía un hombre salido de otro tiempo y situado anacrónicamente en el nuestro. Su barba luenga y su capa le hacían único y le daban aspecto de personaje novelesco. Su porte y su educación delataban lo que era: un hombre noble, machadianamente bueno. Magistrado y profesor asociado de Derecho Penal durante muchos años, a Eduardo no se le veía nunca un gesto inapropiado ni se le escuchaba una palabra a destiempo. En poner sentencias, hilvanar versos espontáneos y volcarse en su familia, la vida se le fue yendo. Sus palabras y su mirada tenían siempre un punto de emoción, como si el corazón le vidriase los ojos y se le saliera por la boca al hablar. Cuando explicaba a los alumnos lo acontecido en un juicio, ejercía de maestro paciente, con infrecuente sencillez. En el tiempo que tuve la suerte de tratarlo, no tengo de él ni un mal recuerdo. Hace años, mientras yo esperaba el autobús para ir al colegio, él pasaba muy temprano, aún no habiendo amanecido, camino de Plaza Nueva. A menudo, coincidía con mi padre y se iban los dos juntos. Luego, al tenerlo de compañero, tuvo siempre un trato impecable conmigo y nos dispensamos mutuo y sincero aprecio. Las puertas del paraíso en el que él creía se debieron abrir de par en par el pasado 2 de febrero y a buen seguro que ha aprobado con nota el examen final, al atardecer de la vida, del que hablara San Juan de la Cruz. A quienes lo conocimos nos queda impresa en la memoria, indeleble y desafiando al olvido, su estampa y su impronta de hombre cabal. Descanse para siempre en paz el marido, el padre, el abuelo, el juez, el profesor, el hacedor de versos, el buen compañero, el amigo entrañable que fue.          

   

                                                                                                                 Justa Gómez Navajas

 

 

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Malena: un tango para Juan Carlos

Actualizado el 24 noviembre 2016 por Justa

Malena: un tango para Juan Carlos

                                                                A Juan Carlos Rodríguez, in memoriam

  

  Nubes y claros en el cielo cuando amigos, compañeros, familiares y antiguos alumnos despedían un martes de otoño a Juan Carlos Rodríguez en el cementerio de Granada, junto a la Alhambra. En su adiós, se evocó a Pavese (“vendrá la muerte y tendrá tus ojos”) y se dijo que Juan Carlos era un regalo de Dios. Cristina Mora entonó cadenciosa “Moon River” y “Malena canta el tango” sonó, melancólico, en el frío del último encuentro. Al final, algunos antiguos camaradas de Juan Carlos, puño en alto, tararearon nostálgicos “La Internacional”. Unas alumnas llevaban en sus manos rosas al profesor que se ha ido… Pero no hay olvido. No puede haberlo, si se ha sembrado. Decía Luther King que “aunque supiera que el mundo acaba mañana, hoy, todavía, plantaría un árbol”. Y eso es lo que hacen los profesores buenos: plantar con sus clases árboles bajo cuya sombra, probablemente, no han de sentarse nunca. Que Juan Carlos Rodríguez los plantó, lo decían, llorosos, los ojos de sus alumnas. Y el grupo de jóvenes que subía en autobús a su entierro, comentando anécdotas de sus clases, cosas que Juan Carlos decía y seguirá diciendo en el recuerdo agradecido, que más de una vez sentará de nuevo en las bancas de otro tiempo a quienes fueron sus alumnos, navíos que llevarán su carga de palabras “hacia puertos distantes, hacia islas lejanas”, como dijera Celaya.

Nubes y claros, como en la vida, había en la mañana del 25 de octubre cuando algunos asistentes a la ceremonia de despedida bajábamos andando del cementerio, atravesando la Alhambra. El paraíso que a veces soñamos, si no quiere defraudarnos, tiene que parecerse mucho a este bosque que acaba en Plaza Nueva. Y, como a Borges, nos gustaría que fuera también una biblioteca, y que en ella, entre otros muchos imprescindibles, no faltaran libros de Juan Carlos Rodríguez y de Ángeles Mora, que ahora, como Malena en el tango, tendrá pena de bandoneón. Parafraseando uno de sus poemas, recitado por ella en la despedida al que fuera su compañero de vida, habrá de acostumbrarse a otra forma de vida que no estaba escrita, rehaciendo palabras, abrazando la intemperie. Porque, a pesar de la inmensa ausencia, el mundo está – sigue estando, querida Ángeles – aquí.

 

                                                                                     Justa Gómez Navajas    

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Cabinas

Actualizado el 02 junio 2016 por Justa

2016. Articulo junio

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El ansiado consenso

Actualizado el 06 marzo 2016 por Justa

El ansiado consenso

VIVIR PARA VER

                                                                                                                                                                                                                   
“¿Tu verdad? No, la verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.
Antonio Machado

 

El ansiado consenso

 

 

   Somos muy distintos unos de otros. Ésa es nuestra riqueza y nuestro permanente quebradero de cabeza. Vivimos días en los que en el panorama político se busca un consenso, tan deseable como difícil. Pero, ¿cómo entendernos con los que son y piensan de otra manera? Ante algunas personas, claudica una de las reglas éticas más extendidas, que, en principio, tendría validez universal: “Trata a los demás como quieres que te traten”. Esa máxima, válida con carácter general, no funciona en muchos casos. La realidad, tercamente, nos demuestra cada día que lo que a nosotros nos place puede enervar a otros. La vida, con sus lecciones diarias, nos lo va corroborando a cada paso. Hay quienes aman las palabras, los detalles… y quienes nunca encuentran la ocasión de tenerlos con sus semejantes. Hay personas que se anticipan a dar antes de recibir y siguen dando, generosamente, aunque no reciban. Y hay quienes se sientan a verlas venir, prestos siempre a censurar lo que hacen otros, pero aventurándose poco a nadar sin antes guardar cautelosamente la ropa. 

    Cada persona es un mundo y algunas dos, y tres y cuatro… Algunas no te perdonan un favor que les hagas. Otras no agradecerán nunca las atenciones tenidas con ellas. Muchos que alardean de defender la libertad de expresión, te echarán en cara que la uses o dirán que pontificas si te atreves a escribir, desafiando la corrección política, lo que ellos no se atreven a decir. 

    Y, pese a todo, estamos llamados a entendernos porque vivimos en sociedad. Pero no resulta fácil arbitrar la convivencia, que es, a menudo, fuente de conflictos. ¿Por qué, si en otras épocas de nuestra historia se logró, ahora parece inalcanzable el ansiado consenso? No es sencillo ponerse de acuerdo cuando se tienen visiones del mundo muy distintas. Así como en la vida diaria es frecuente entenderse con gente que piensa de manera diferente, no lo es tanto cuando de gobernar se trata. Para eso, es preciso saber ceder. Y, con todo, existen asuntos donde la convergencia es imposible. Un viejo profesor decía que no se puede transigir en temas como la religión. Si alguien es politeísta e intenta converger con uno que sea monoteísta, no es viable acuerdo alguno porque no pueden buscar un punto de encuentro intermedio y acordar que no hay ni veinte dioses ni uno solo, sino diez, pongamos por caso. Y lo mismo sucede con otras cuestiones, a la hora de regir los destinos de un país como el nuestro. En otros países, en cambio, son frecuentes las grandes coaliciones entre partidos distintos, que aquí resultan prácticamente inalcanzables. Para ello hay que buscar lo que nos une y perseguir el bien común, cediendo y actuando con respeto. La vida se basa en eso. Porque si, a nivel individual, podemos, hasta cierto punto, intentar rodearnos de personas afines, que compartan con nosotros gustos, intereses, etc., aunque piensen diferente, a nivel colectivo nos vemos obligados a compartir país y suerte con gente muy distinta. Y no es fácil consensuar cuando se mantienen posturas discrepantes, a veces irreconciliables, y un partido político defiende el aborto y otro no, o uno aboga por un estado federal y otro se muestra contrario a él.  

     Sin duda, resulta complicado convivir con nuestros semejantes porque los seres humanos somos muy complejos. Pero no queda otra. Difícilmente habrá cosas en las que todo el mundo esté de acuerdo, pero hay unos mínimos inamovibles que deben respetarse, gobierne quien gobierne. Los derechos fundamentales, la sanidad pública, la educación, el derecho a una vivienda digna…, no pueden quedar al albur del gobierno de turno. Y, en el plano personal, como no hay dos personas iguales, habrá que aplicar a cada ser humano un tratamiento individualizado. Mientras hay personas que valoran y agradecen enormemente una llamada, un mensaje de ánimo, un detalle inesperado, una foto bonita, un saludo, una sonrisa…, otras no se alteran con nada y quizás hasta se molesten. Los expertos hablan en algunos de estos casos de alexitimia o incapacidad de mostrar los sentimientos. Tal vez sea, sencillamente, indiferencia. Cada uno es cada cual y no hay manual de instrucciones para tratar a la gente. Nunca se llega a conocer bien a una persona. Harían falta varias vidas para conocerla. O, dicho de otra manera: los otros serán siempre un enigma, un jeroglífico, un misterio insondable, el banco de pruebas de nuestra paciencia, la desconcertante respuesta a nuestras acciones mejor intencionadas y más sinceras. Y, a veces, también, por fortuna, la constatación de que la complicidad y el cariño surgen y se abren paso, por encima de divergencias ideológicas, trascendiendo cualquier diferencia. Para suerte nuestra.    

                                                                                                                                     Justa Gómez Navajas (JGN)

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Las flechas de Cupido

Actualizado el 14 febrero 2016 por Justa

Las flechas de Cupido

       “Al amor lo pintan ciego y con alas. Ciego para no ver los obstáculos y con alas para salvarlos”.                                                                                                                                                                                                                              Jacinto Benavente

 Mucho podría hablarse de Cupido, ese dios romano del amor, con aspecto de niño y con venda en los ojos para no ver los obstáculos y alas para superarlos. Mucho habría que decir de su acierto o su desatino, de su manía de disparar flechas de amor a diestro y siniestro, incluso a quien no se pone a tiro o a quienes no pueden ni podrán nunca quererse, por más que hubiesen querido. A Cupido dan gracias sus afortunados destinatarios, aquellos que recibieron sus flechas y fueron felizmente correspondidos. Y a él, también, le dirigen reproches, en vano, los menos favorecidos por sus designios.

  En su historial de flechas lanzadas, hay historias que superaron la barrera de la distancia o la edad, la pared del miedo, el muro de la clase social, las espinosas vallas del qué dirán. Pero, en otras ocasiones, a Cupido se le rompieron las alas y no pudieron volar amores que, tal vez, de haber podido ser, hubieran sido eternos, o sea, pasajeros, como la vida, pero infinitos mientras durasen. Cupido elige a su merced a sus destinatarios y no siempre acierta. Pero de nada sirve echarle en cara sus desaciertos y su escasa puntería, si el amor fracasa o no existe más que en un sentido. Cupido va a lo suyo y dispara en la calle o en un andén, en un café, en un tren, en un avión, donde menos se espera… O no lo hace nunca. Hay gente que ignora sus benéficas acciones, y que – a veces por fortuna, para no caer en la ñoñería – no recibirá un mensaje cursi el 14 de febrero ni una chocolatina con forma de corazón. Y ahí están. Asumen que hay quien no tiene un amor a mano, como se asumen tantas otras cosas: porque ha encartado así, porque el destino lo ha querido. Aceptan y hasta disfrutan la vida en solitario, sin desengaños amorosos inesperados, sin que les digan un buen día, sin venir a cuento, que el amor se ha acabado o se ha roto, de tanto usarlo… Los olvidados por Cupido desconocen la vanidad de gustar. A nadie le quitan el sueño, nadie bebe por ellos los vientos. Nunca nadie les declaró su amor. Ni un solo corazón rompieron. A cambio, se ahorran alguna que otra decepción y los devastadores efectos del desamor. Y siguen ahí, cabeza alta, tirando hacia adelante, sin más fuerza que la suya, sin más coraje que el que le ponen a la vida cada día. Llenan su vida con amistades y amores varios: a los demás, a la familia, a los amigos, a sus mascotas, al trabajo… Que ya lo dijo Albert Camus: “no ser amados es una simple desventura. La verdadera desgracia es no amar”. 

  También hay quien cree en falso haber sido alcanzado por la flecha del amor y se casa por casarse, por no quedarse solo, por temor a afrontar la vida en solitario, sin nadie a su vera que le anime o respalde sus decisiones, que aplauda sus éxitos, que espante sus miedos. Hay quien se empareja por no tener valor de salir a la calle o ir a un acto social sin nadie del brazo, sin más certeza que la tenerse a uno mismo, nada más.           

Cada febrero, los comercios nos recuerdan que es San Valentín, pero el amor de verdad poco tiene que ver con el dinero ni cabe en un solo día de febrero. A lo Dante, el sol sigue moviendo a diario el sol y las estrellas, y pintando siempre de azul el cielo. No se deja envolver, si no es en un abrazo. Ni se vende, ni se compra al contado ni a plazos. Es incompatible con el engaño, impermeable al desaliento, valiente, tenaz, generoso, tozudo, aventurado. Dichosos quienes alguna vez se vieron envueltos en sus brazos y recibieron cartas, SMS o “whatsapps” capaces de solear un día nublado y espantar desánimos. Esos celebrarán el 14 de febrero y cada nuevo día que les amanezca y permita vivir lo que sienten. Para otros, en cambio, el 14-F será un día más, como otro cualquiera del calendario. No tendrán que marearse buscando regalos, ni desliar ninguno a ellos dirigido. El amor para ellos pasó de largo o nunca vino. No lo esperan, aunque saben que a la vuelta de cualquier esquina pueden encontrárselo de bruces. Y que entonces no habrá escapatoria, ni excusas ni remilgos. Cuando la flecha del amor los alcance, caerán rendidos. Olvidarán que ha tardado demasiado y saldarán a besos sus cuentas pendientes con Cupido.

                                                                                                     

                                                                                                          Justa Gómez Navajas,  Febrero, 2016

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José Luis Serrano: pasión y coherencia

Actualizado el 02 febrero 2016 por Justa

2016.02.02. IDEAL. José Luis Serrano. Pasión y coherencia.

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Sólo sabemos que es verano

Actualizado el 10 julio 2015 por Justa

“Vive el día de hoy. Captúralo. 
                                                                                                                             No fíes del incierto mañana”.

                                                                                                                                                              (Horacio)

  A Francisco Sánchez Tejero, maestro y pintor.  Se fue a pintar de cerca el cielo, ya sin nubes de sufrimiento.Descanse con la misma paz que repartió sonriendo.

 Sólo sabemos que es verano

    No entendemos nada. Sólo que estamos aquí, que hace calor y que, cuando menos esperamos, va la vida y nos sorprende, a veces para bien y otras dándonos la espalda sin reparos. No sabemos qué pasará con Grecia, si se saldrá del euro o no, ni qué futuro nos espera. Sabemos sólo de este sol de julio, que quema, a la par que ignoramos cuántos atardeceres nos quedan. Vivimos entre el deseo de que no acabe nunca lo que nos gusta de este mundo y la conciencia de nuestra fugacidad. Cada momento es único y la vida una calle de un solo sentido, sin retorno posible, sin repescas ni reválidas. Un ahora o nunca.

   Y, mientras, la realidad se impone implacable. Hablan las noticias de comentarios infames vertidos en las redes sociales, que algunos llaman humor negro, pero ofenden y atentan a la dignidad humana y no son ni pueden ser muestra de una, con frecuencia, sobredimensionada libertad de expresión. Se mofan vilmente del sufrimiento de millones de judíos exterminados en campos de concentración o de las víctimas del terrorismo etarra o de un cruel asesinato ocurrido hace años en Alcácer.    

   Pero, por detrás de la actualidad de los periódicos, está la vida cotidiana, la que a cada cual más le interesa y le afecta, la de todos los días, la más cercana. Esa con la que nos acostamos y levantamos, que en ocasiones nos lleva en volandas y de la que en otras tantas tiramos, sacando fuerzas hasta de donde no quedan. Como diría Serrat, “detrás de cada fecha,/detrás de cada cosa, /con su espina y su rosa, /detrás, está la gente”. Estamos nosotros. Ahora al comienzo de un verano que sólo guarda un parecido lejano con otros de botijos y sillas en la puerta, que recordamos. Los más afortunados se irán de vacaciones, a lugares conocidos o a otros nunca vistos. Si hay oportunidad, debe ser una época para viajar y disfrutar de otros paisajes y conocer otra gente. Que viajando se abre la mente y se ensancha el corazón. Aunque sea para acabar pensando que como en la casa de uno no se vive en ningún sitio, es bueno salir fuera. Donde sea. España ofrece suficientes lugares en los que perderse. Y, si nos vamos más lejos, veremos cómo es la vida fuera de nuestras fronteras, cómo hablan y viven otras personas, con costumbres muy distintas a las nuestras. Viajar es darle otra dimensión a la vida y hacerla más amplia, ya que no podemos alargarla. No nos arrepentiremos jamás de haber viajado. Y los que no puedan, aliviarán el calor como sea.  El verano debe seguir siendo, a ser posible, un periodo de descanso, en el que cambiar de aires y de vida por unos días, alejados del despertador y las rutinas. Un tiempo para descubrir que hay otros mundos dentro del que vemos a diario y que hay vida fuera del trabajo.

   En un verano que empieza caben encuentros, viajes, fiestas,… La vida se irá deslizando por estos días largos y calurosos de julio y agosto y se mostrará dispuesta a que la vivamos sin guardarle rencor por lo arrebatado. No es momento de reprocharle ausencias ni ajustarle cuentas. Llevamos las de perder porque ella gana siempre la partida. Mejor entonces vivirla, disfrutarla todo lo que se deje. Que, cuando queramos acordar, el verano habrá pasado. Por eso, mientras dure, hay que sacarle su jugo y saborearlo. No esperar al tren siguiente y subirnos sin dudarlo al que arranca cada día cuando amanece. No dejar pendiente lo que se pueda hacer o decir hoy. Que mañana queda lejos o puede que sea tarde.

     No se trata de estresarse agobiados por la idea de que la vida es breve, pero sí de apreciar el tiempo. No malgastarlo, no tirarlo por la borda de los días rutinarios, no matar las horas. Hay que aprovechar las ocasiones que se presenten de ser felices. Es verdad que no siempre es verano, ni son todo el año los días tan luminosos y tan largos, pero mal haríamos en desperdiciar este mes de julio, que invita a no ponerle sordina a las ilusiones ni freno de mano a las ganas de vivir alegres, si cabe, y, a pesar de los sombríos presagios de los telediarios, esperanzados. Aferrados a esta nuestra vida, la única que conocemos y a la que, sin entenderla, nos agarramos, pese a los pesares que pesan, y hasta entusiasmados, especialmente cuando empieza un nuevo verano.

                                                                                                                       Justa Gómez Navajas

 

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Cuando una amiga se va

Actualizado el 19 mayo 2015 por Justa

Cuando una amiga se va

2015.05.18. Carta a IDEAL

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¿Podemos “limpiar” la Universidad?

Actualizado el 02 diciembre 2014 por Justa

La endogamia engulle la Universidad pública

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