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En memoria de D. Eduardo Rodríguez Cano

Actualizado el 06 febrero 2017 por Justa

 

Eduardo Rodríguez Cano: caballero de otro tiempo y hombre bueno

                                                                                             “… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
                                                                                                cantando.”
                                                                                                                     (Juan Ramón Jiménez)

 

  En su aspecto y en sus formas, Eduardo parecía un hombre salido de otro tiempo y situado anacrónicamente en el nuestro. Su barba luenga y su capa le hacían único y le daban aspecto de personaje novelesco. Su porte y su educación delataban lo que era: un hombre noble, machadianamente bueno. Magistrado y profesor asociado de Derecho Penal durante muchos años, a Eduardo no se le veía nunca un gesto inapropiado ni se le escuchaba una palabra a destiempo. En poner sentencias, hilvanar versos espontáneos y volcarse en su familia, la vida se le fue yendo. Sus palabras y su mirada tenían siempre un punto de emoción, como si el corazón le vidriase los ojos y se le saliera por la boca al hablar. Cuando explicaba a los alumnos lo acontecido en un juicio, ejercía de maestro paciente, con infrecuente sencillez. En el tiempo que tuve la suerte de tratarlo, no tengo de él ni un mal recuerdo. Hace años, mientras yo esperaba el autobús para ir al colegio, él pasaba muy temprano, aún no habiendo amanecido, camino de Plaza Nueva. A menudo, coincidía con mi padre y se iban los dos juntos. Luego, al tenerlo de compañero, tuvo siempre un trato impecable conmigo y nos dispensamos mutuo y sincero aprecio. Las puertas del paraíso en el que él creía se debieron abrir de par en par el pasado 2 de febrero y a buen seguro que ha aprobado con nota el examen final, al atardecer de la vida, del que hablara San Juan de la Cruz. A quienes lo conocimos nos queda impresa en la memoria, indeleble y desafiando al olvido, su estampa y su impronta de hombre cabal. Descanse para siempre en paz el marido, el padre, el abuelo, el juez, el profesor, el hacedor de versos, el buen compañero, el amigo entrañable que fue.          

   

                                                                                                                 Justa Gómez Navajas

 

 

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